jueves, 21 de febrero de 2013

Terremoto

Él es un niño de 9 años, camina por el patio del Orfanato en Ambato -Ecuador donde sus padres le dejaron ya hace un par de años.

-Gustavo- dice su maestra (una monja francesa) - ¡Ven aquí!- Y el pequeño con actitudes de adulto obedece. Ella es la única persona que tiene su atención y consideración real, quiere llevarlo consigo a España por que como dice: Es un chico muy inteligente y lamenta que sea tratado como huérfano especialmente cuando aún sus padres están vivos.

Comenzaron a llegar los estudiantes con el típico escándalo propio de su edad. El aula con sus paredes manchadas e inmersa en oscuridad se repleta, los rostros de los presentes mantienen algo en común: sus miradas vacías y ciertas sonrisas que alivian el paso del tiempo. Viven con la certeza de que es lo único que la vida les ha ofrecido, lo que "les toca".

Pero Gustavo miraba distinto, algo más que pena mostraban sus ojos, él comprendía todo lo que sucedía a su alrededor, menos el hecho de estar allí sin ser huérfano. Tal incomprensión estaba carcomiendo su inocencia y su corazón

Pero existen momentos en los que pueden cambiar las historias y en esos días ocurrió lo que tanto deseaba:
- Llaman al niño- había dicho el guardia a la maestra, -Es su madre- continuó.
La monja se dirige al niño y con su singular acento le indica lo que esta aconteciendo. El guardia observa desde la vieja puerta del salón y se extraña al verla regresar sin el diminuto personaje.
-No quiere ver a su madre, dígale que no quiere salir ya le indique que esto significaría su oportunidad de salir de aquí y regresar con su familia, pero no puedo hacer más si es su decisión- expresa con tristeza, -Entiendo... será como usted diga Madre!- concluye el hombre desapareciendo por el corredor.

Comienza a temblar la tierra todos sales despavoridos, los muros desgastados comienzan a derrumbarse ...
- ¡Gustavo!- dice la monja, pero él se mantiene inmóvil, sereno, sin miedos, como le había enseñado la propia vida a manejar las situaciones que se salían de sus manos... - ¡Gustavo ve afuera!- Pero el no se movió.

La Bruja

  Dicen que nos enamoramos del ideal del amor de cada uno, pero a veces necesito platicar contigo aunque no recuerde ya tu nombre. A veces r...