Amanda estaba contenta, tapaba su sonrisa con la boca. Llegó a su casa cautelosa sin que notaran la llama que llevaba dentro. Que dirían si se enterasen que minutos antes convertía la indecencia en un trazo de azul cielo, con salpicadas estrellas en amarillo. La respiración recortada no la abandonaría sino hasta después de unas horas de soledad hábil, tras la televisión que ni vio, tras la conversión de la abuela que más fue monólogo.
¡Hay Amanda! decía para sí...
Agarro los folletos que tenía pendiente de estudiar y en los recorridos de los trayectos arteriales y las anastomosis divagó en dos cuerpos que se juntaban, se rozaban, se fundían, se atraían como en las películas pero con es sabor espontáneo un poco descortés y animalesco de la vida real.
Perdida estaba en su película cuando recibió un mensaje. Y la noche en plena garúa continuó de romántica a tibia y cálida hasta que Amanda cerró los ojos y apretando su almohada contra sus pechos se quedó dormida.

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