miércoles, 20 de marzo de 2013

Grita la lluvia

Llegó y sin preguntar nada se sentó en el sillón del patiecito de recreos de su instituto. Su cabellera roja hacia un agradable juego con su blusa naranja, sus jeans y sus zapatitos de muñeca.

Llovía a cántaros y los demás comenzaron a sentarse en las bancas próximas. Como es de costumbre en ella , quién está preparada para estas situaciones en las que prefiere simplemente, desaparecer; se ubica en la banca más distante, para no dar respuesta a las preguntas típicas de los que "hacen tiempo" hasta que la lluvia cese.

Entre los retenidos está alguien que le es difícil determinar si le incomoda o simplemente le hace falta. Comienza a mover sus piernas estiradas como una pequeña que no alcanza el piso. Ella está nerviosa.

Y empieza la guerra de sus señales "indifernetes".

Se harta rápido de la incomoda situación y mira de reojos como para que nadie lo note. Se coloca sus audífonos para que así la música la traslade a un mundo más comprensible, menos complicado y más intuitivo. Un mundo donde sus sentimientos no sean ni mal interpretados, ni bien interpretados; un mundo donde se pierde egoístamente en sus maravillosas emociones, sin reclamos.

Los minutos se hacen más largos en contraste a la percepción de los días vividos, tan rápido pasaron sus días austeros e iracundos, tan rápido el recuerdo de aquellos abrazos. Así como las carachas de las recientes heridas y como asoma el desengaño.

Se queda respirando el mismo aire, húmedo.

Está ahí pero no está, es parte de la lluvia misma y de la música que le hace mover la cabeza con los ojos cerrados.

Las gotas están espesas asustando a la multitud temerosa de que sus ropas se destruyan y sus apuntes dejen de existir. Ella, que poca importancia le da a esas banalidades, sonríe como un pequeño niño antes de hacer una travesura y de un rato a otro sale corriendo hacia la lluvia. Ella conserva esa niña que muchas pierden al convertirse en "mujeres serias". Abre los brazos y salta de frío. Se tiembla, se espeluca, se estruja, se arrebata y grita sus emociones a la lluvia, sin palabras. Grita sus sentimientos callada, solo a base de sonrisas.
Empapada regresa, con una cara angelical y traviesa llena de felicidad. Esa felicidad de no privarse de hacer lo que ha amado desde niña, seguir sus latidos.

Los demás que siempre tienen algo que decir y a los que les parece extraño su encantador carácter impulsivo, la miran con rareza reservando sus comentarios para luego, cuando esté ausente. Pero hay alguien que disfruta de verla, alguien que la contempla por puro gusto. Ha entendido su lenguaje y disimula su sonrisa. Un recuerdo que no la olvida, por lo que es y por sus días de lluvia.






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