Y se abalanzó encima mío en un abrazo al despedirse, aún cuando veinte minutos antes recién conocía su voz. Ese momento se eternizó en mi memoria y creo que fue lo que más llamó mi atención de aquel encuentro, muy aparte de su sonrisa.
Así comprendí que el amor nada tiene que ver con el tiempo, nada tiene que ver con el adiós, ni entiende de imposibles. Por que una lágrima derramada siempre delatará al silencio, avergonzará al orgullo y desaparecerá el tiempo.
miércoles, 11 de septiembre de 2013
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