Cada vez que sentía algo que le daba miedo sus piernas se tornaban tensas y un hormigueo empezaba a salir desde ellas en dirección ascendente; su respiración se lentificaba hasta quedarse sin aire, colgado.
Veía a las personas con alegria unas veces otras con cierto tedio o simplemente ignoraba lo que sucedía a su alrededor.
No vio el reloj que marcaba las 11 de la mañana; no hizo las tareas que su prima, con quien vivía, le había encomendado; ni siquiera recordó traer las llaves hasta que no tuvo como abrir la puerta.
No vio el reloj que marcaba las 11 de la mañana; no hizo las tareas que su prima, con quien vivía, le había encomendado; ni siquiera recordó traer las llaves hasta que no tuvo como abrir la puerta.
William estaba más ocupado en otras cosas. Su cuerpo era azul, tan azul como el mar cuando se abre a la vista de los viajeros. Hacía una semana que había notado su pigmento y no paraba de pensar las razones. No era ningún químico, ni cremas, ni los pastelitos que le dejó su prima en el micro hace una semana y que se deboró sin pensarlo dos veces, como casi nunca hacía las cosas y sólo por que estaba en la parte más interesante de su libro de misterios egipcios y cualquier interrupción era inadmisible.
Azul o no azul, debía tomar el mismo recorrido de cada día hacia el colegio donde daba clases de química. Durante su estadía en el bus algunas personas voltearon a verlo e hicieron una cara de extrañeza, otros, solo subían buscando un puesto libre.
Comenzó su itinerario de preguntas y respuestas tan acostumbrado en cada viaje. Cada que alguien lo miraba sentía una carga electrica sacudiendo sus piernas. Le temía a muchas cosas, entre ellas a las personas. Una vez, cuando tenía la edad de aprender las consonantes, su tia lo dejó tres horas en la matiné de la hija de una amiga; un cuarto lleno de desconocidos riendose que le pedían abrazos y bailes y ni si quiera conocían su nombre. Pensaba que todas sus sensaciones y el ritual de caminar por el filo de la vereda eran cosas comunes que hacían todos, pero el día que tuvo la gran idea de que talvez era un poco distinto a los demás, su pensamiento se interrumpió con la impactante imagen de su reflejo.
Las ansiedades disminuían con el octavo pasajero que lo miraba fijo, tanto, que hasta dejó de importarle y levanto la ceja antes de mirar la ventana. Tener o no tener un pigmento distinto empezó a serle irrelevante. Jamás desearía ser uno más por que la uniformidad era la que le erizaba las piernas y le dejaba sin oxígeno.

