viernes, 7 de marzo de 2014

RECONSTRUYENDO PIGMENTOS

Cada vez que sentía algo que le daba miedo sus piernas se tornaban tensas y un hormigueo empezaba a salir desde ellas en dirección ascendente; su respiración se lentificaba hasta quedarse sin aire, colgado.
Veía a las personas con alegria unas veces otras con cierto tedio o simplemente ignoraba lo que sucedía a su alrededor.

No vio el reloj que marcaba las 11 de la mañana; no hizo las tareas que su prima, con quien vivía, le había encomendado; ni siquiera recordó traer las llaves hasta que no tuvo como abrir la puerta.
William estaba más ocupado en otras cosas. Su cuerpo era azul, tan azul como el mar cuando se abre a la vista de los viajeros. Hacía una semana que había notado su pigmento y no paraba de pensar las razones. No era ningún químico, ni cremas, ni los pastelitos que le dejó su prima en el micro hace una semana y que se deboró sin pensarlo dos veces, como casi nunca hacía las cosas y sólo por que estaba en la parte más interesante de su libro de misterios egipcios y cualquier interrupción era inadmisible.
Azul o no azul, debía tomar el mismo recorrido de cada día hacia el colegio donde daba clases de química. Durante su estadía en el bus algunas personas voltearon a verlo e hicieron una cara de extrañeza, otros, solo subían buscando un puesto libre.
Comenzó su itinerario de preguntas y respuestas tan acostumbrado en cada viaje. Cada que alguien lo miraba sentía una carga electrica sacudiendo sus piernas. Le temía a muchas cosas, entre ellas a las personas. Una vez, cuando tenía la edad de aprender las consonantes, su tia lo dejó tres horas en la matiné de la hija de una amiga; un cuarto lleno de desconocidos riendose que le pedían abrazos y bailes y ni si quiera conocían su nombre. Pensaba que todas sus sensaciones y el ritual de caminar por el filo de la vereda eran cosas comunes que hacían todos, pero el día que tuvo la gran idea de que talvez era un poco distinto a los demás, su pensamiento se interrumpió con la impactante imagen de su reflejo.
Las ansiedades disminuían con el octavo pasajero que lo miraba fijo, tanto, que hasta dejó de importarle y levanto la ceja antes de mirar la ventana. Tener o no tener un pigmento distinto empezó a serle irrelevante. Jamás desearía ser uno más por que la uniformidad era la que le erizaba las piernas y le dejaba sin oxígeno.
Una vez más subió alguien a su bus, una vez más su ceja levantó.



 

miércoles, 5 de marzo de 2014

LA NOSTALGIA DE PIA

-¡Que frío!-pensó, y exhaló aire caliente que empañaba el vidrio de su ventana. Los caminos quebradizos que dejaban las gotas transparentes, inducían a la nostalgia. Un viajecito de unas cuantas horas en soledad, tal vez, es lo que necesitaba para escaparse del agitado mundo. Pronto se encontraría con sus amigos y familia en una ciudad fría, donde las gotas solidificadas cambiaban con su estado un mundo de costumbres.

Pía siempre pensaba en el tiempo, en los recuerdos; de la misma manera que todos los demás, cuando tienen tiempo. Aunque aquello no la hacía diferente, se sentía única. Después de la muerte de su padre a sus dieciocho años, sintió la culpa de no haberse dedicado a él los últimos años que pudo, por dedicarlo a su arte; sus pinturas. Pero entre las cosas que pensaba y en los intervalos que formaban en el helado vidrio los caminos de gotas, se decía a sí misma que, tal vez, todo ser humano se hubo culpado alguna vez; por no estar listo para las consecuencias del paso de los años. -Nadie esta preparado para perder y nadie puede dedicar su vida entera a otra persona por más amor que se le tenga a esta-pensó. Ya hacía siete años de aquella pérdida, ya no vestía de negro como lo hizo los primeros tres años; ya no tomaba pastillas para dormir. -Nadie en este estúpido bus sabrá la vida de nadie- se dijo- Creo que los que pierden muy pronto siempre serán diferentes de los que pierden después. Diferentes, como las gotas que caen mas rápido, como estos recorridos que se desploman con fuerza y no por ello son mejores que las gotas saltadas. Sólo son... mas evidentes. 


La Bruja

  Dicen que nos enamoramos del ideal del amor de cada uno, pero a veces necesito platicar contigo aunque no recuerde ya tu nombre. A veces r...