-¡Que frío!-pensó, y exhaló aire caliente que empañaba el vidrio de su ventana. Los caminos quebradizos que dejaban las gotas transparentes, inducían a la nostalgia. Un viajecito de unas cuantas horas en soledad, tal vez, es lo que necesitaba para escaparse del agitado mundo. Pronto se encontraría con sus amigos y familia en una ciudad fría, donde las gotas solidificadas cambiaban con su estado un mundo de costumbres.
Pía siempre pensaba en el tiempo, en los recuerdos; de la misma manera que todos los demás, cuando tienen tiempo. Aunque aquello no la hacía diferente, se sentía única. Después de la muerte de su padre a sus dieciocho años, sintió la culpa de no haberse dedicado a él los últimos años que pudo, por dedicarlo a su arte; sus pinturas. Pero entre las cosas que pensaba y en los intervalos que formaban en el helado vidrio los caminos de gotas, se decía a sí misma que, tal vez, todo ser humano se hubo culpado alguna vez; por no estar listo para las consecuencias del paso de los años. -Nadie esta preparado para perder y nadie puede dedicar su vida entera a otra persona por más amor que se le tenga a esta-pensó. Ya hacía siete años de aquella pérdida, ya no vestía de negro como lo hizo los primeros tres años; ya no tomaba pastillas para dormir. -Nadie en este estúpido bus sabrá la vida de nadie- se dijo- Creo que los que pierden muy pronto siempre serán diferentes de los que pierden después. Diferentes, como las gotas que caen mas rápido, como estos recorridos que se desploman con fuerza y no por ello son mejores que las gotas saltadas. Sólo son... mas evidentes.

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