sábado, 14 de marzo de 2015

Mentiras Blancas

Había algo que a pesar de su suficiencia no comprendía y procuro acercarse un poco mas de la cuenta. La postura relajada desapareció en un instante y la delató una sonrisa nerviosa. Hanna, que ya había aprendido a notar esos gestos por vidas pasadas, cayó en cuenta de inmediato que en todas las lenguas del mundo aquello significaba que su presencia la ponía nerviosa y en el idioma del cuerpo de una mujer eso se traduce en un "te quiero en mi", aunque sea imperceptible para ella misma. Miró su rostro de inocencia que se entremezclaba con miradas de picardía. Se dispuso, entonces, atender a sus instintos  invitándola a beber  unas copas en su departamento.

La rubia titubeó un poco, pero terminó por aceptar el acompañarla. Hanna no sabía lo que su acompañante iba pensando en el camino, pero olía el miedo de la incertidumbre que transpiraba su delicada piel y los comentarios vergonzosos de su novio, que nada venía al caso a estas alturas; cuando hubo caminado por sus propios pies a una aventura con una mujer de ojos inquietos y cautivante sonrisa. 

Hanna era bella y la rubia más aún. Y había algo seguro y no era solo que bebería. Esta tarde era suya; sus ojos brillantes, sus senos medianos, sus expresiones de niña. Tenia unas caderas que bien serían el arco del triunfo de su país imaginario. La anhelaba tanto que sintió que salivaba más de lo normal y se extrañó por su deseo desbordado. Ella era perfecta sin serlo, al menos no para el resto; pero en sus ojos cabían exactas sus perfecciones e imperfecciones. 

La platica se extendió entre los planos del universo, donde entraban, salían y jugaban en sincronía con sus gestos, millones de palabras todo aquel largo trayecto. Ya en casa de Hanna y luego de un par de horas, la conversación se agotaba con el vino que ya hubo comenzado a media botella. La respiración cambiaba arritmicamente junto a la ansiedad del silencio que iba creciendo tropezando a la fluidez. Pero seguían sentadas frente a frente, sin gastarse las sonrisas. Hablaron de muchas cosas pero más que escucharse se deleitaban con el movimiento de sus labios y la chispa de sus miradas. Saltaron un par de veces cuando sus pies se rozaron, pues, tenían las mismas manías. 

Hanna ya perdida en las delicias que arrojaba su presencia, se venía preguntando en que momento su complicidad de musa dejaría su cuerpo para entrar en posesión de la bestia, esa que se alimenta de frenesí y le arranca la cultura de los sesos.

-Es tarde-dijo- ¿quieres que te deje en tu casa?-Pregunto Hanna por puro protocolo.
-No se, no te preocupes. En otro rato me voy, claro, si no te molesta-contestó la rubia aparentando inocencia y colocándose un mechón detrás de su oreja.

Se miraron y bajaron la mirada sonriendo; como quien ha dicho una mentira blanca, ha hecho una travesura o está por hacerla.

Hanna se levantó por otro vino, como para ocultar su demonio ya instalado con aquella respuesta y esa mirada brillante. Y mientras servía la copa escuchó como corrían no solo la sangre de sus aceleradas venas, sino también la humedad de su entrepierna.








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