Yo no quiero una mujer de novela, ni la princesa del cuento. Yo quiero una mujer que viva, que respire y grite. Que defienda su opinión y que pelee conmigo cuando no estamos de acuerdo, así como en serio pero de mentira.
Yo no quiero un mujer que se venda de florero o cuadrito de percha, que se limite o se obligue a andar protocolaria recibiendo limosnas en marcas de grandes diseñadores. Yo quiero un alma sencilla, que se deje acariciar por el viento y se vista de arcoiris.
Yo ya no quiero la mujer que todos quieren, la perfecta, la que debe esconder su propia oscuridad. Como si la vida no marca, como si naciera espontáneamente para atenderte y solo sonreír.
Yo quiero a la niña que la vida hizo mujer y que sin ser tigre le rayaron la figura; y ella prefirió tatuarse para que otro no la marque más. Prefiero aquella mujer que aún sonríe como niña, con inocencia, luego de haber conocido que nadie en este mundo es una pepita de oro y que los venenos también se venden en frasquitos perfumados.
Yo no quiero un maniquí ni una muñeca sexual, quiero alguien que me lleve de la mano desde el cielo al infierno en un suspiro y me regrese la vida en gemidos. Alguien que me vea tal como soy y se quede, porque tiene ganas de verme en su mundo, porque desea invertir en mi sus días, sus noches, sus sueños, sin dejarlos, sin perderse de sí misma.

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