domingo, 3 de mayo de 2015

El hombre del pasillo



Érase una vez un hombre que salia de la sombra de un pasillo y escuchaba los pasos que bajo el iban con desgano. Al salir se topo con un radiante sol y se oían personas que se saludaban y se daban los buenos días como si fuesen compañeros. Habiendo llegado a una esquina donde la sombra le cobijaba, escuchó, sin desearlo, a dos sujetos del otro lado. El uno estaba recibiendo la llamada de su mujer. Quien aparentemente le insistía que la acompañase a una comida familiar. A lo que este sujeto respondía que estaba ocupado con las reuniones de su trabajo. Al cerrar la llamada le comenta al compañero que no sabe hasta cuando deberá seguir con ese matrimonio. Y que su mujer no le atraía para nada ya hace tempo, pero, como buen padre debía sacrificarse por sus hijos. A lo que el compañero comentó que tampoco podría desperdiciar a esa “mujerzota” que tenia disponible aquel día. Las risas de ambos lo trasladaron a pensar en su esposa. La conoció en la fiesta de integración del instituto superior. Cuando la vio supo que la deseaba para el. Cruzaron sus miradas dos veces y eso bastó para que el hiciera desde lo mas impresionante hasta lo mas ridículo para conseguir su amor.
A las cansadas ella se fue dando cuenta que tanta locura que llevaba en su mente eran las ideas apasionadas y el exceso de dopamina que le quitaba el juicio. Como cuando le llevó la mitad de su sopa de tomates porque estaba deliciosa y quería que la pruebe, cosa que solo era estupidez de cortejo mas un pretexto para verla. Él también se desilusionó como el tipo que conversaba en aquella esquina, cuando ya viviendo juntos, supo que también los ángeles iban al baño y despedían olores mensuales de periodos extensos. Eso sumando el mal genio que a veces hacía que le viere mas cachos que alas. 

Pero el tiempo pasa y uno cada vez se acerca mas a la muerte y afortunadamente la sabiduría topo sus días o tal vez el miedo a malgastar lo único que se le había dado. Y comenzó a amarle hasta el mal genio de los días en que no pasaban la novela o no había para el par de zapatos de la revistita de moda. A partir de los treinta y cinco hubo entendido que su figura era su mundo y sus caderas el timón de su navío. La erección de sus pechos era el fenómeno mas maravilloso que pudo haber visto, similar o mejor a los atardeceres por que a estos los tenia el solito. Y aunque se peleaban cuando el no llegaba a tiempo a la cena y ella lo acusaba de quemeimportista, era el sabor de su entrepierna el que tenia vivito en su mente, y en el colectivo iba cuidando que la tormenta de mujer que tenía en sus imaginaciones no le levantara el sexo o iba a ser sacado a patadas del transporte.
No se cansaba de ella. No, jamás se cansaría. Ella tenia la mirada de luz y las pestañas de sol. Sus labios eran de un rosa medio y se ponían sangre cuando tenia ganas de que la hagan suya. Su piel era suave, un poco amarillenta pero firme en las nalgas donde el terminaba haciéndole batallas cada noche. Y aunque ya para los cuarenta y pico se fue desapareciendo la firmeza y llegando la elasticidad; el le daba la bienvenida a cada nuevo terreno, explorándola hasta las canas.
Solía llevarle flores cada mes, aun lo hacía aunque ella ya no estaba para ser tocada, lamida o besada. El tiempo al final la volvió joven y de papel foto, de esas que se van decolorando en una lápida.


Los pasos lo sacaron de aquella esquina y lo trasladaron a un frío cuarto.
Había un hombre de mandil en un escritorio, que ni siquiera miró. 

-¿Hora de muerte?- preguntaba el médico.
-10 de la mañana- respondió el camillero.







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