Su plumaje era fino pero un poco mugriento.
Tenía lo que a la bandada le hacía falta.
Vista de águila siendo una sencilla paloma.
Se volvía, entonces, pequeña en el horizonte.
Había ensayado su adiós días anteriores.
Dejó la seguridad del nido de sus padres.
Que se mantenía seguro aún cuando ellos
ya no existían.
Su deseo de conquista siempre se impuso
ante el miedo paralizante.
Eran las seis de la tarde. Y un atardecer en
tonos de rojo terminaba de dibujar su partida.
Jamás se iría del todo, permanecería oculta
en esas ganas extinguidas de soñar de cada
ave de aquel puerto.
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