Desangrada la herida de mis adentros,
mis vísceras perecen al veneno
que circula en la anastomosis de mis conflictos.
Tu solo recuerdo me hiela en hipoxia autoprovocada,
para sucumbir en la necrosis de los tejidos amantes
que abandonaste negligentemente.
En el vómito de bilis incesante hacia tu estupidez, me revuelco;
y a tus caprichos de ser tu,
la única maldita cura a mi cianótica existencia.
Remedios, debió haber sido tu nombre,
aunque más que cura, solo seas
un maldito efecto corticoide.

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