Como ave revoloteaba sobre tus sueños,
caí preso de tus instantes de locura;
mil y una noches te pedí a la luna,
mis labios se mordían recordando tus besos.
Y en el juego de quererte,
brazos rotos y sin tripas
reventado estuve a punto
prendido al ocaso de tu risa.
He explorado a marte dentro
en la profundidad de tu gemido.
He invocado a tus montañas
que nunca ganaron el olvido.
De ida y vuelta en tus selvas
cada día distintas.
Tu perfuma en melodía de jardines
nórdicos envuelta.
Y el saturno y plutón, llegan a mi en
tu gemido.
Que se convierte en alarido cuando
huimos a lo incierto.
Cuando tu piel es desierto
cuando mis manos tu rió.
No hay lugar más prohibido, más mío
y anhelado.
Como mi libertad a tu lado,
de recorrer tus senderos.
Como novato alquimista
de tu sonrisa diaria.
El ganarme la batalla de conquistar nuevos
versos y secretos escondidos
en la inmensidad de tu cuerpo.
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domingo, 27 de septiembre de 2015
viernes, 11 de septiembre de 2015
Ave de puerto
Agitó sus alas y no volvió más a aquel puerto.
Su plumaje era fino pero un poco mugriento.
Tenía lo que a la bandada le hacía falta.
Vista de águila siendo una sencilla paloma.
Se volvía, entonces, pequeña en el horizonte.
Había ensayado su adiós días anteriores.
Dejó la seguridad del nido de sus padres.
Que se mantenía seguro aún cuando ellos
ya no existían.
Su deseo de conquista siempre se impuso
ante el miedo paralizante.
Eran las seis de la tarde. Y un atardecer en
tonos de rojo terminaba de dibujar su partida.
Jamás se iría del todo, permanecería oculta
en esas ganas extinguidas de soñar de cada
ave de aquel puerto.
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Su plumaje era fino pero un poco mugriento.
Tenía lo que a la bandada le hacía falta.
Vista de águila siendo una sencilla paloma.
Se volvía, entonces, pequeña en el horizonte.
Había ensayado su adiós días anteriores.
Dejó la seguridad del nido de sus padres.
Que se mantenía seguro aún cuando ellos
ya no existían.
Su deseo de conquista siempre se impuso
ante el miedo paralizante.
Eran las seis de la tarde. Y un atardecer en
tonos de rojo terminaba de dibujar su partida.
Jamás se iría del todo, permanecería oculta
en esas ganas extinguidas de soñar de cada
ave de aquel puerto.
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martes, 8 de septiembre de 2015
La endemoniada
Jamás fingía atención, ni dolor, ni llanto, ni risa.
Recuperó a medio pueblo que andaba quebrado.
Siempre aparecía en caballo con ojos fijos de azabache.
La vieja parturienta la había sacado de la entrepierna
de su madre ya casi media muerta.
Pasaba con todos, pero sola, porque era como un ser
de esos extraterrestres que nadie comprende.
Todo estaba bien, todo era perfecto. Nadie le hacía
daño. Porque la creían bruja. Pues, solo una bruja
cabalgaría por las montañas sola, sin marido y sin
enojarse con las mujeres que se retorcían de la envidia
cuando miraban su perfecta figura y sus ánimos.
Algunos la veían cazando ardillas y otras veces abrazaba
árboles.
Debía tener un plan macabro o ser el mismo diablo.
Ese que viste de blanco y con un solo silbido atrae a
su corcel.
Pero ella era ingenua de esas imágenes horrendas
que los demás evocaban de inventos imaginarios.
Así larga vida tuvo.
Y esa que está allá era su casa, la última de las cinco
que tuvo. Dicen por ahí que debe haber enterrado víctimas
bajo cada una en sus hechicerías.
Yo también hubiese enterrado ardillas al menos por conseguir
aquellos paisajes que se veían desde cada ventana.
El diablo se complace mucho, dicen...
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Recuperó a medio pueblo que andaba quebrado.
Siempre aparecía en caballo con ojos fijos de azabache.
La vieja parturienta la había sacado de la entrepierna
de su madre ya casi media muerta.
Pasaba con todos, pero sola, porque era como un ser
de esos extraterrestres que nadie comprende.
Todo estaba bien, todo era perfecto. Nadie le hacía
daño. Porque la creían bruja. Pues, solo una bruja
cabalgaría por las montañas sola, sin marido y sin
enojarse con las mujeres que se retorcían de la envidia
cuando miraban su perfecta figura y sus ánimos.
Algunos la veían cazando ardillas y otras veces abrazaba
árboles.
Debía tener un plan macabro o ser el mismo diablo.
Ese que viste de blanco y con un solo silbido atrae a
su corcel.
Pero ella era ingenua de esas imágenes horrendas
que los demás evocaban de inventos imaginarios.
Así larga vida tuvo.
Y esa que está allá era su casa, la última de las cinco
que tuvo. Dicen por ahí que debe haber enterrado víctimas
bajo cada una en sus hechicerías.
Yo también hubiese enterrado ardillas al menos por conseguir
aquellos paisajes que se veían desde cada ventana.
El diablo se complace mucho, dicen...
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Conquistando el arrebol
No pude ocultar el frenesí
sus ojos me invitaron a vivir otros mundos de su mano.
Su piel erizada me hablaba el lenguaje de su cuerpo.
No recuerdo cuantas veces nos dijimos te amo.
Su dulzura enigmática me envolvía en el ritmo del suspiro.
El aliento compartido era un pasadizo a un edén en llamas.
Pronto me desconocí a mi mismo, en su vestido.
Atravesando sus deseos de vivir y mis sed de su ser.
Caminamos muchas noches en un par,
nos besamos michas vidas, no solo con los labios,
sino con cada partícula, con cada gesto, con cada palabra.
Me perdí en su mirada mientras bebíamos una copa de vino.
Me devolvió una caricia y hasta tiro de mi cabello.
Y seguimos un caminito en la arena buscando el atardecer.
Ese que yacía escondido y que tuvimos la certeza de perseguir.
Aquel atardecer de arrebol pinto rojizo el cielo, como el fuego y como el vino.
En una entrega que florece del alma como las estrellas nacen en el cielo.
Una de esas historias que por no tener fin se convierte en relatos breves.
Como el café de sus ojos, como contemplar a una sirena
, como desayunar sus besos.
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sus ojos me invitaron a vivir otros mundos de su mano.
Su piel erizada me hablaba el lenguaje de su cuerpo.
No recuerdo cuantas veces nos dijimos te amo.
Su dulzura enigmática me envolvía en el ritmo del suspiro.
El aliento compartido era un pasadizo a un edén en llamas.
Pronto me desconocí a mi mismo, en su vestido.
Atravesando sus deseos de vivir y mis sed de su ser.
Caminamos muchas noches en un par,
nos besamos michas vidas, no solo con los labios,
sino con cada partícula, con cada gesto, con cada palabra.
Me perdí en su mirada mientras bebíamos una copa de vino.
Me devolvió una caricia y hasta tiro de mi cabello.
Y seguimos un caminito en la arena buscando el atardecer.
Ese que yacía escondido y que tuvimos la certeza de perseguir.
Aquel atardecer de arrebol pinto rojizo el cielo, como el fuego y como el vino.
En una entrega que florece del alma como las estrellas nacen en el cielo.
Una de esas historias que por no tener fin se convierte en relatos breves.
Como el café de sus ojos, como contemplar a una sirena
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La Bruja
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